Dili nunca duerme. Es el corazón palpitante del país, donde el afán de reconstrucción se mezcla con la calidez de su gente.
En estas últimas dos semanas he vivido un vaivén de contrastes. He pasado de perderme entre el bullicio de Taibessi a encontrar la paz absoluta nadando en el océano al amanecer.

