Dili nunca duerme. Es el corazón palpitante del país, donde el afán de reconstrucción se mezcla con la calidez de su gente.
En estas últimas dos semanas he vivido un vaivén de contrastes. He pasado de perderme entre el bullicio de Taibesi a encontrar la paz absoluta nadando en el océano al amanecer.

También tuve la suerte de presenciar el descenso de la bandera nacional en el Palacio Presidencial Nicolau Lobato y sentir el orgullo de una nación que camina rumbo hacia su consolidación.
No obstante, el más inspirador de todos los lugares que he visitado ha sido Arte Moris, la escuela de artes libres de Dili.

El talento de estos chicos es de otro planeta. Allí desarrollan su creatividad en diferentes disciplinas. Así mismo, muchos jóvenes simplemente van allí para estudiar o compartir ideas.

Me recibieron con una sonrisa y ganas de compartir conmigo la exposición donde muestran su pasado, demostrando una vez más cómo el arte puede ayudar a sanar y curar heridas.
Por cierto, ¿sabías que la escuela está dentro del edificio de la torre de control del antigo aeropuerto? ¡No se me ocurre mejor uso para una construcción de tal calibre!

